«Cierre de los cielos», de Manuel Sosa

Por Juan Carlos Recio

Para aquel lector avispado, la introducción a la obra de Manuel Sosa requiere de una percepción aguda.

Tanto si se trata de poesía como de análisis, desde Gentiles hasta su más reciente obra Cierre de los cielos, Sosa exhibe un dominio no solo de la estructura lingüística, sino también de la precisión, la moderación, la exactitud y la integridad. Expone las razones que sostienen la filosofía y la existencia como pilares de un escritor que se conoce a sí mismo en profundidad, sin escudarse en la responsabilidad de ser un superviviente literario, a diferencia de los vicios más notorios de su generación, como las metáforas oblicuas y el encabalgamiento de ideas y emociones vernaculares, que afortunadamente no son impuestos por Sosa. Como un hombre útil que se autorepresenta, no se ve limitado por estas convenciones.


En realidad, para ser recordado en términos generacionales, el autor adopta una postura gentil que siempre desafía las restricciones autoimpuestas o corrosivas del lenguaje.


A través de múltiples capas de significado y reflexiones, el cierre (que en mi opinión, más que una conclusión, es el acecho de su poesía), invita al lector a enfrentarse a los cielos y la tierra, al principio de cada etapa del ciclo, como un hombre casi mayor en literatura, con criterios libres de engaños o vulgaridades. Aunque el diálogo sea inmediato, se apoya en conceptos bien establecidos a lo largo del tiempo, un tesoro que cualquier buscador de conocimiento puede atesorar, aunque su repetición desde algún estado empírico parezca improbable.


Dicho de forma coloquial, Cierre de los Cielos nos golpea con una colección de ensayos, con la guía experta de un narrador que, sin caer en el egotismo exacerbado (inexistente, por cierto, desde el punto de vista retórico), se incluye magistralmente desde una perspectiva externa. El autor despierta las imágenes de un juglar, que aunque no arriesga su vida ni su reputación, juega con la mortalidad, fusionando lo conspicuo con lo sabio. La mentalidad de orfebre de Sosa no es una mera destreza resiliente; ha vivido experiencias que van más allá de lo superficial, tanto en meditaciones metafísicas como en saberes cotidianos, donde su voz emblemática se entrelaza con lo anecdótico, tejiendo una ironía que emerge de su existencia misma. Muchas de las solicitudes a las que responde una mente tan aguda están marcadas por un territorio fértil, un terreno de aprendizaje y, en ocasiones, de renuncia a compromisos superfluos.


No me interesa detallar las segundas y terceras lecturas realizadas con placer, ni señalar los momentos críticos de algunos textos en comparación con otros, pues la armonía del libro reside en que cada pieza funciona por su propia esencia, creando una atmósfera que permite ser abrazada tal como es: un compendio donde la oratoria, tanto circunstancial como humana, refleja la lucidez de un hombre en todos los aspectos de su existencia y supervivencia.

Dos poemas del libro Cierre de los cielos:

RAVEN

La fuerza del ala

vence la fuerza del hambre,

y la cuidadora que busca imantar

el color del cuervo

o seducir su esquivez

me confiesa su fracaso,

como si existiera otra naturaleza

que se resiste, y no hay alimento

o trampa

capaz de hacerla cambiar.

La ventana abierta,

el segundo en que

incauta el ave

se posa.

Podrás retener el símbolo

y el brillo instantáneo

pero está el argumento del ala

y el espacio abierto

como la única seducción

posible.

Y así, nunca será tuya.

RESGUARDO

Tengo un método para callar

y sentir la proximidad

del acorde por insinuarse.

Que usen mi voz

los visitantes de memoria infalible

y las copas vacías

sobre el tablero.

Permanece la estación

sin traer su propia música

cercando esta casa,

impidiendo que yo diga

lo que sobra, lo explícitamente

consabido.

El frío, sí, armoniza

algunos silencios que me faltan.

Y el abrigo sólo puede

integrarse a la razón de lo fugaz

aceptando ser alivio

recreado en palabras

que apenas van más allá

de su puro concepto.

Y entonces agregar: mordaza,

claustro, inaudible.

Respirar, elegir un mundo

donde vibra el dolor de la renuncia,

y sepultarlo.

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