Por Osvaldo Lara
La «Casa del Ser» no es un espacio transnacional ni representa el transnacionalismo en sí mismo. Independientemente de quién visite la Casa, el lenguaje transnacional, que actualmente está de moda, es simplemente un fenómeno superficial, una extensión prolongada de lo que Heidegger consideraba el «olvido del ser» en la historia cultural.
Una «cultura transnacional», como se suele ver en ciertas narrativas sobre el Caribe, actúa como una reacción al sentido emblemático de «ser para la cercanía», sin importar el lugar de destino. El resultado de esta relación con la «cercanía» es posterior al nacimiento.
Desde una perspectiva ontológica, volvemos a diario al lugar de la cercanía. Cruzar fronteras nacionales o continentales se convierte en un fenómeno migratorio en el que el ser humano no puede deshacerse de su condición de «cerca-nía». Alejarse de esta cercanía se convierte en una condición sine qua non. La cercanía surge del imaginario cercado (la primera forma de co-inmunidad espacial), a partir de los límites que la violencia de lo abierto impone. No se trata de una cuestión ni nacional ni transnacional.
En relación con el lenguaje, el ser humano llega a la «cerca-nía» para experimentar variaciones heterotópicas. La «cerca-nía» sigue siendo la llegada poética al mundo.
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