Carta a los poetas

Por: Galán Madruga

La recepción de la carta que escribió en 1909 el filósofo Edmund Husserl al poeta Hugo von Hofmannsthal al sobre el «papel de la poesía» en la fenomenología se malogró en los días que corren. El destinario publico nunca apareció. Por una parte, los «poetas de mermelada» desestimaron la carta y la devolvieron sellada al remitente. Y por alguna razón no del todo esclarecida, un tropel de «poetas de salón» de Playa Albina abrió la misiva e invistió su lanza contra el mensaje sin entender de qué se trataba.

El poeta, mucho más joven que el filósofo, no llegó a comprender lo que Husserl pretendía hacer con la poesía una patente de corso para estudiar en Gotinga. Y Husserl confió en el poeta para que algún día la carta se convirtiera en un documento programático de la fenomenología trascendental. Para ambos, ya nadie quería, como sucedo hoy, compartir la idea del que el cielo constituía una inmensidad criminal que constantemente hablaba, pero sin obtener oídos en la tierra.  

Pues hace unos días le dije a un amigo querido poeta que intentaba salirse del salón: «no te desenfoque y trabaja, trabaja y trabaja. No importa que en la otra orilla de la vida existan personas que sufran el dolor de ignorar. El resultado del trabajo tendrá al final su propia recompensa…».

Aquí un fragmento de la carta en cuestión, de Husserl a Hofmannsthal, que reza lo siguiente,

Muy estimado señor Von Hofmannsthal:

Ya me contó lo difícil que se le hace la vida por la marea de correspondencia que crece sin cesar. Pero, ya que me deleitó con un regalo exquisito, debo, en cualquier caso, agradecérselo. Así que habrá de soportar las consecuencias de ese hecho malvado y con ellas también esta carta. Permítame, por lo demás, que le pida perdón por no haberle dado las gracias inmediatamente. Como caídas del cielo se me ofrecieron de repente síntesis de pensamientos que había buscado durante largo tiempo. Me dio mucho trabajo fijarlas. Sus Kleinen Dramen8 [Pequeños dramas], que tenía siempre junto a mí, actuaron como un gran estímulo, a pesar de que no me fue posible leerlos con la continuidad deseable.

Las «disposiciones interiores» que describe su arte, en tanto puramente estético, o que propiamente no describe, sino que eleva a la esfera ideal de belleza puramente estética, tienen para mí, en esa objetivación estética, un interés muy especial; es decir, no sólo interesan al amante del arte que hay en mí, sino también al filósofo y «fenomenólogo».

Una preocupación de muchos años por la clarificación de los problemas filosóficos fundamentales y por el método para solucionarlos me proporcionaron como beneficio duradero el método ‘fenomenológico’. Éste exige una toma de posición frente a toda objetividad esencialmente divergente de la natural, muy cercana a esa posición y postura en que nos coloca su arte, en tanto que puramente estético, frente a los objetos representados y al mundo del arte en su totalidad. La contemplación de una obra de arte puramente estética se produce de forma rigurosamente independiente de toda postura existencial del intelecto y de toda postura del sentimiento y de la voluntad que aquella presupone. O mejor: la obra de arte nos traspone (nos fuerza, por decirlo así) a una situación de contemplación puramente estética, que excluye tales tomas de postura. Cuanto más resuene del mundo externo o más se tome de él con viveza, cuanto más posicionamiento existencial exija de nosotros la obra de arte (por ejemplo, como apariencia sensible naturalista: verdad natural de la fotografía), menos estéticamente pura será esa obra. (Sucede lo mismo con cualquier tipo de «tendencia».) La actitud de espíritu naturalista, la de la vida actual, es plenamente «existencial».

Las cosas que están ahí sensiblemente ante nosotros, las cosas de las que habla el actual discurso científico, las establecemos como realidades, y en esos fundamentos de existencia se basan el estado de ánimo y la voluntad: alegría, porque esto sea, tristeza, porque aquello no sea, deseo que eso sea, etc. (tomas de posición existenciales por parte del ánimo): el polo opuesto de la actitud mental de la contemplación puramente estética y del estado de sentimiento correspondiente. Pero también, y no menos, de la actitud mental puramente fenomenológica, la única desde la que es posible la resolución de los problemas filosóficos, dado que también el método fenomenológico exige una rigurosa independencia de toda toma de postura existencial  

De este modo toda ciencia y toda realidad (también la del propio yo) se convierten en mero «fenómeno». Y sólo queda una cosa: en la contemplación pura (en el análisis y abstracción puramente contemplativos) sin sobrepasar nunca y en ninguna parte los meros fenómenos […], clarificar el sentido inmanente en ellos el mundo, en tanto lo contempla, se convierte en fenómeno, su existencia le resulta indiferente, exactamente igual que para el filósofo (en la crítica de la razón)

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