Usura, Hipotecas y Reformas en la Industria Azucarera de Manzanillo (1880-1898) – El capital mercantil

Para lograr una comprensión más profunda del proceso de incorporación de avances tecnológicos en la industria azucarera, resulta fundamental llevar a cabo un minucioso análisis sobre la dinámica del crédito y sus diversas manifestaciones en la región de Manzanillo. En este examen del sistema crediticio, empleamos la valiosa información proporcionada por los Registros de Anotaduría de hipotecas, que arroja luz sobre la compleja relación entre el capital usurero arraigado en la jurisdicción y los propietarios de ingenios y otras modestas propiedades que florecían en la región.

Asimismo, es esencial determinar si el mencionado capital usurero en el sector comercial de Manzanillo tiene la capacidad per se para fomentar el desarrollo del capital industrial, especialmente cuando este último aún no se había arraigado en dicha jurisdicción y, en consecuencia, sometía los intereses y capitales comerciales a la hegemonía de la industria. Vale la pena destacar que el progreso y las transformaciones en la vida agraria tienen su origen en la propiedad de pequeñas y medianas dimensiones. En este contexto, el capital comercial (usurero e hipotecario) se manifiesta en forma de capital refaccionista, funcionando como fuente de crédito para la producción.

Tabla I

Cantidad de hipotecas en fincas rústicas a causa de la refacción azucarera

IngeniosHaciendasEstanciasTeneríasPotrerosSitios
1850/59273636101222
1860/681952414217

Si empezamos por cuantificar las hipotecas concertadas entre los años 1850 y 1868, obtendremos una visión preliminar de los efectos del crédito en la propiedad agraria de Manzanillo, particularmente en lo que respecta a la industria azucarera.

A primera vista, observamos que la concertación de crédito hipotecario en los dos periodos analizados sitúa a los ingenios azucareros en la tercera posición entre las propiedades más afectadas, llegando al punto de que en la década comprendida entre 1850 y 1859, la cantidad de hipotecas supera el número de ingenios existentes, lo que demuestra que al menos algunas de estas fábricas fueron hipotecadas en múltiples ocasiones.

Este fenómeno hipotecario manifiesta una tendencia creciente a partir del año 1856, en gran parte debido a la creciente presencia de relaciones comerciales en el ámbito agrario. Como resultado, en una situación que ofrece niveles de desarrollo económico superiores, emerge un cambio cuantitativo en la cantidad de capital utilizado para la inversión en la producción. Esto genera la necesidad imperante de adquirir medios de producción, tales como herramientas, fuerza laboral y otros recursos. Esta situación impulsa a los pequeños y medianos productores a solicitar préstamos para solventar esta nueva coyuntura. Como resultado de este proceso, los préstamos obtenidos son garantizados con hipotecas sobre sus propiedades.

No debemos olvidar que en este periodo se registró un aumento del interés por la industria, y para 1860 ya se contaba con 5 fábricas equipadas con máquinas de vapor en la jurisdicción. Estos cambios solo pudieron materializarse a través de la usura del capital comercial y la hipoteca de propiedades, dado que ningún propietario de ingenio en Manzanillo estaba en posición de emprender semejantes empresas de manera individual. Por otro lado, las crisis económicas de 1857 y 1866 dejaron su huella en la capacidad de inversión y pago de los propietarios, agravando las condiciones del financiamiento. Esto condujo inexorablemente a una mayor dependencia del crédito usurero.

Si exploramos el crédito hipotecario desde otro ángulo, considerando la cantidad de fincas registradas en comparación con otras propiedades agrarias, arribamos a un resultado revelador:

Tabla II

Proporción de fincas hipotecadas y refeccionadas entre los períodos 1850-1959 y 1860-1868 con respecto al total por especialidad agraria.

Haciendas Ingenios
Hipotecas
Período
Total %Total %
1850-18592303615,71827150
1860-18682755218,9271970,3
Potreros hipotecadosSitios hipotecadoEstablecimientos hipotecados
Total %Total %Total %
5101520100,6659960136

Fuentes: Cuadro elaborado sobre la base de los libros de Antiguas Anotadurías de Hipotecas y los censos de 1849 y 1861, en: Olga Portuondo. Ob.Cit y Jacobo de la Pezuela, ob.cit.

Es innegable que el sector azucarero fue el más afectado por la escasez de capital líquido, lo cual es comprensible dado que las inversiones en las unidades fabriles, maquinaria, equipos y otros recursos eran significativamente mayores que en el caso de las demás propiedades agrarias. En consecuencia, la industria azucarera acumuló un crédito hipotecario en un 150 por ciento superior en relación al total de ingenios y un 70.3 por ciento en los periodos comprendidos entre 1850 y 1859, respectivamente.

Prosiguiendo con el análisis del caso que nos atañe, la industria azucarera, donde predominaban las pequeñas unidades fabriles de escasa capacidad productiva, concentradas principalmente en el partido de Yaribacoa, presenta otro elemento de trascendental importancia: la insuficiente presencia de mano de obra esclava en esta región. Esto se confirma a través de los resultados productivos de los ingenios y trapiches, que apuntan a la utilización de trabajadores libres en algunas de estas industrias.

Si examinamos la distribución de la frecuencia relativa de los ingenios según la cantidad de caballerías sembradas de caña en el año 1860, se observa que la abrumadora mayoría de los ingenios, es decir, 18 en total, se dedicaban a sembrar entre 1 y 5 caballerías de caña, lo que pone de manifiesto la reducida capacidad de producción de prácticamente la totalidad de los trapiches e ingenios de Manzanillo. Entre los ingenios que sembraban entre 6 y 10 caballerías, solamente uno alcanzaba dicha extensión, y otra unidad productiva llegaba a sembrar hasta 15 caballerías de la dulce gramínea[1].

En términos generales, esta distribución relativa de la propiedad sembrada de caña por ingenio nos permite categorizar a sus propietarios como pequeños hacendados. Luego de analizar el comportamiento hipotecario y las reformas en la industria azucarera de la región de Manzanillo en comparación con el resto de las propiedades agrarias, exploraremos cómo se desarrolló este proceso en la región.

Los casos de los ingenios Santa Gertrudis, Rosario, Aposento, Santa Rosa y Demajagua, que destacan por sus frecuentes contratos hipotecarios, se explican por su avanzado desarrollo tecnológico y productivo, que a finales de la década de 1850 los convirtió en fábricas semimecanizadas, como fue el caso de Santa Gertrudis, Aposento, Tranquilidad, Demajagua y El Caño (Esperanza).

Los ejemplos más notables de la situación crediticia en la industria azucarera se encuentran en casos como el del ingenio Santa Gertrudis. En 1863, su propietario, Don Sebastián Romagoza, hipotecó la propiedad por $70.533,87 centavos para respaldar un contrato de refacción con la sociedad comercial Ramírez y Oro en la ciudad de Manzanillo. El contrato incluía un interés anual de 720 pesos, y Romagoza recibió un adelanto de 34.813,87 centavos, renunciando al privilegio que protegía a los ingenios de ser ejecutados parcialmente.

Este ejemplo ilustra el alto nivel de endeudamiento al que se veían sometidos los propietarios de ingenios. Además de quedar desprotegidos por la ley de privilegios de ingenios, caían en manos de los comerciantes prestamistas, adquiriendo nuevas deudas por adelantos de dinero y otras obligaciones derivadas del incumplimiento del contrato. Esto ponía en riesgo otras propiedades del deudor, que quedaban a merced de los acreedores.

Las condiciones en las que se encontraban los ingenios reflejaban la precaria situación del financiamiento de la industria azucarera. En general, las unidades productoras de azúcar se veían obligadas a venderse debido al insostenible endeudamiento de sus dueños. El caso del ingenio Santa Gertrudis, que mencionamos anteriormente, confirma esta realidad. En 1864, apenas un año después de firmar el contrato de refacción, Romagoza se vio obligado a venderlo a Francisco Vicente Aguilera por 165 mil pesos, de los cuales 125 mil quedaron como deuda reconocida por Aguilera. Para saldar esta deuda, se estableció una nueva hipoteca sobre la propiedad a favor de la sociedad Ramírez y Oro, comprometiéndose Romagoza a pagar con los ingresos de las zafras anuales del ingenio adquirido y de otro ingenio en Bayamo llamado Jacaibama. El resto del precio se entregaría a Romagoza hasta 1867.

Es asombroso cómo en un solo año, la deuda de Romagoza con la sociedad Ramírez y Oro aumentó de 70.000 a 165.000 pesos, lo que demuestra el elevado endeudamiento de los propietarios de ingenios y el crecimiento de los intereses crediticios. Junto a la compañía comercial Ramírez y Oro, otra sociedad, Venecia Rodríguez y Cía., se encargaba del financiamiento de los ingenios. Estas dos corporaciones capitalizaron la mayoría de los préstamos otorgados a los propietarios de ingenios y otras propiedades rústicas, a pesar de que existían otros comerciantes que concedían préstamos de menor cuantía.

El predominio de los capitales comerciales en Manzanillo se originó gracias a las ventajas que ofrecía el puerto de Manzanillo, tanto en el comercio de productos manufacturados como en el comercio interno, resultado de este auge mercantil.

Para ilustrar la expansión del capital comercial en Manzanillo, basta mencionar que hacia 1840 existían alrededor de quince compañías comerciales dedicadas no solo al comercio mayorista, sino también al minorista, llegando a controlar casi la totalidad de las producciones, mercaderías, utensilios fabriles, implementos agrícolas y otros artículos comercializados en la región.

Tabla III

Ingenio o trapiche hipotecados (1850-1868)

NombreContratos
Santa Gertrudis16
Aposento7
Santa Rosa7
Rosario8
Los Letreros1
Tranquilidad2
El Caño5
Demajagua7

Fuente: Cuadro elaborado sobre la base de la información que aparece en los libros de Antiguas Anotadurías de Hipotecas de Manzanillo. (1850-1868)

Indudablemente, a tenor de la situación que se vislumbraba entre los hacendados azucareros, ganaderos y modestos propietarios de fincas rústicas, las condiciones requeridas para que los intereses de los dueños de fincas y los comerciantes convergieran no hallaban eco en la región de Manzanillo. Este obstáculo lastró la creación de instituciones modernas destinadas a revitalizar el financiamiento de la economía. En paralelo, la industria azucarera seguía padeciendo diversos rezagos, y el desarrollo económico de la jurisdicción se inclinaba hacia los pequeños cultivos exportables y la ganadería.

Esto insinuaba que la producción azucarera aún no desplegaba su potencial en términos de capital proveniente del comercio. La carestía de crédito no afectaba únicamente al azúcar, sino también al tabaco, la ganadería y la pequeña producción agraria, si bien la industria azucarera se veía más afectada debido a las considerables transformaciones necesarias para incrementar su producción y competitividad[2].

Los propietarios de fincas no pasaban por alto la necesidad de abordar el problema del financiamiento mediante reformas. Desde mediados de la década de 1850, se habían debatido en la Junta de Fomento de Manzanillo distintas ideas reformistas con el propósito de modernizar la economía regional. Se planteaba la posibilidad de establecer un ferrocarril entre Bayamo y Manzanillo para mejorar las comunicaciones y la infraestructura de transporte[3].

En la reunión celebrada en el cabildo en 1856, con la participación de los representantes de las clases hacendadas y los comerciantes para establecer un nuevo impuesto a la contribución, se debatía la necesidad de evitar imponer gravámenes excesivos. Esto, junto con los elevados intereses que debían afrontar a través de hipotecas para garantizar los préstamos obtenidos, los dejaba en aprietos para pagar sus deudas dentro del plazo pactado, y estas, como se analizó previamente, aumentaban sustancialmente.

Las formas de financiamiento a través de hipotecas que operaban en la región eran un indicativo, en muchos casos, de la regulación y medición del grado de desarrollo de la circulación interna. Se podría afirmar que uno de los elementos anacrónicos que fungía como un obstáculo al desarrollo económico en la jurisdicción era la forma en que se fusionaba el crédito, lo que generaba una constante inquietud económica para aquellos que inevitablemente recurrían a los créditos otorgados por las sociedades comerciales mencionadas.

Un factor que agravó aún más la crítica situación de los propietarios de pequeñas unidades azucareras poco productivas fue la derogación parcial de la Ley de Privilegios de Ingenios, que entró en vigor el 11 de abril de 1852 y que en 1865 abarcó todos los contratos hipotecarios. Sin embargo, los efectos de esta derogación en la protección de los hacendados de la región resultaron efímeros, ya que los propietarios de ingenios, que necesitaban capital y sabían que sus industrias no alcanzaban una producción significativa, se vieron forzados a contraer contratos hipotecarios de refacción que debían ser liquidados en un período relativamente largo para permitirles cancelar sus deudas[4].

Como resultado, muchos hacendados se vieron compelidos a renunciar a este privilegio, que era la única alternativa que permitía a los comerciantes y prestamistas aceptar pagos a lo largo de varios años, teniendo en cuenta que estas unidades también acumulaban deudas pendientes con otros prestamistas. Por lo tanto, hacia mediados de la década de 1860, especialmente en 1867, se observa que las sociedades comerciales de Manzanillo se convirtieron en propietarias de varios ingenios. En ese año, los Venecia y Rodríguez adquirieron los ingenios Aposento, Santa Rosa y Esperanza, y a principios de 1869 se hicieron con el ingenio Demajagua y El Rosario. Como se puede apreciar, la sociedad comercial Venecia y Rodríguez llegó a ser dueña de cuatro de los ingenios más avanzados, que fueron los primeros en introducir la máquina de vapor[5].

Hacia finales del mismo año 1869, otra sociedad comercial que otorgaba grandes cantidades de créditos hipotecarios, los Ramírez y Oro, adquirieron el ingenio Santa Gertrudis. Todas estas adquisiciones de propiedades azucareras se debieron a la incapacidad de pagar los contratos de refacción, y en algunos casos, a disputas con las autoridades coloniales de la Administración de los Bienes Embargados a los patriotas involucrados en la recién iniciada guerra de independencia en la región. En este contexto, se encontraban La Demajagua, El Rosario y Santa Gertrudis, que eran propiedad de Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, Luis M. Bertot y Francisco Vicente Aguilera, respectivamente[6].

Las características esenciales del proceso que tuvo lugar en esta región, especialmente en lo relacionado con la evolución de la industria azucarera y la pequeña propiedad vinculada a ella, en su relación con el modelo de financiamiento crediticio que predominó, llevaron a una concentración de la producción y la propiedad en manos de los comerciantes que, gracias a su capacidad financiera, se convirtieron en los hacendados más poderosos de la región, especialmente dentro de los límites del partido de Yaribacoa.

Esta concentración de la producción y la propiedad no se basó en la supremacía de las unidades fabriles más eficientes a expensas de las menos productivas, sino que se logró mediante la concentración de propiedades agrarias e industriales en unas pocas manos, sin que desaparecieran las unidades azucareras adquiridas. En definitiva, la guerra que se inició en 1868 y que se prolongó hasta 1878 configuró el panorama económico y social, creando las condiciones para la transición definitiva hacia la concentración industrial y, con ello, el triunfo del capitalismo en la región, aspecto que se abordará con más detalle en el siguiente capítulo.


[1] Ibídem. Nota 6.

[2] Censo de la Isla de Cuba de 1841

[3] Olga Portuondo: Ob. cit. pág. 199.

[4] Archivo Registro de la Propiedad de Manzanillo (ARPM). Antiguas Anotadurías de Hipotecas. t.2, No. de inscripción 22, 5 de mayo de 1863

[5] Ibídem. t.3, No. de inscripción 14, 3 de junio de 1864. Museo Municipal Manzanillo. Actas Capitulares. t. I. (1839-1856), innumerables son las matrículas de comerciantes que aprueba el Cabildo Municipal durante estos años. Vid, Guía de forasteros en la siempre fiel Isla de Cuba.p.78, para 1848 existían las compañías comerciales Venecia y Cía., Ramírez y Sobrino, Romagoza e hijo, Santo Domingo y hermanos, Pla Molina y Cía., Clevilla y Cía., Hernández y González, Aspe y Cía., Gabriel Coll y Puig, Andrés Morón y Cía., Plá y Dolmán, y Onofre y Darca.

[6] Desde la década de 1850, en los libros de hipotecas de la región se registran diversos ingenios y trapiches en situaciones similares. Por ejemplo, en 1858, José Ramírez Fornaris hipotecó el ingenio o trapiche titulado El Caño, ubicado en el partido de Yaribacoa, como respuesta a D. José Agustín Rodríguez, quien actuaba en representación de la compañía acreedora. El monto de la hipoteca ascendía a nueve mil doscientos cuarenta y un pesos setenta y cinco centavos. José Ramírez Fornaris se comprometió a pagar esta suma a su referido acreedor en el siguiente orden, renunciando al privilegio otorgado a los ingenios para fabricar azúcar. Este registro se encuentra en los Archivos de las Antiguas Anotadurías de Hipotecas en el tomo 2, libro 18, folio 5 y vuelto, número 14, con fecha del 3 de septiembre de 1858.

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