«Cantonización» y democracia: ¿solución a la crisis?

Por Angelazo Goicoechea

La actual crisis que asedia a la democracia se atribuye a la falta de un concepto de espacio. Heidegger postuló que el ser humano habita en la proximidad, eternamente inmerso en el vasto mundo. Nos acercamos y nos alejamos, un principio fundamental de nuestra existencia. Nos aproximamos al hogar y nos distanciamos del mercado. En nuestros tiempos, la democracia se ha transformado en un mercado para el poder y la política, en beneficio de unos pocos y en detrimento de muchos. La democracia actual nos aleja de la polis. El pueblo no ostenta ningún poder como soberano. Urge regresar al concepto espacial de los cantones, un espacio histórico y poético donde la interacción del poder adquiere auténtica vida.

A modo de ejemplo, Suiza no es simplemente una nación, sino un mosaico de cantones[1] que gestionan sus propias políticas en diversas esferas. La modestia y la descentralización fomentan la cercanía entre los electores y sus representantes, una conexión que con frecuencia se desvanece en las grandes maquinarias políticas y en las extensas divisiones administrativas. Los cantones podrían constituir un baluarte de transparencia y rendición de cuentas que echamos de menos en las vastas naciones y países. Podrían servir de paradigma para la descentralización y el retorno a las comunidades locales de menor envergadura como solución a los desafíos contemporáneos.

La globalización ha engendrado beneficios notables, pero también ha suscitado un sentimiento de que las decisiones cruciales se toman cada vez más alejadas de la máxima nosotros, el pueblo. La cantonización se postula como la respuesta para restaurar el equilibrio y restituir el poder al pueblo y a la democracia.

De hecho, vivimos en un mundo en el que las tradicionales nociones de naciones y fronteras han quedado obsoletas y problemáticas. La transición hacia unidades regionales más reducidas resulta sensata no solo por razones organizativas o administrativas, sino también por consideraciones culturales y ecológicas. Un enfoque que abarque las realidades regionales y culturales posibilita la utilización eficiente de los recursos y, al mismo tiempo, la preservación de las particularidades de las identidades culturales.

Pero no se trata únicamente de crear unidades más pequeñas. También es esencial considerar cómo estas unidades entablan relaciones recíprocas. Un retorno a la época medieval, en la que cada pequeña ciudad o región regía sus propias leyes y normativas, no sería desdeñable. No obstante, un enfoque regionalista fundamentado en la cooperación y el respeto mutuo podría albergar soluciones a los problemas actuales de la democracia actual.

Cuba podría haber capitalizado esta orientación si el intento de Manuel Lorenzo en 1836 hubiera fructificado en una división federativa que segregara el departamento oriental del occidental, instaurando una administración independiente con su propio gobierno. El enfoque en las competencias regionales ha propiciado el desarrollo de ecosistemas industriales y tecnológicos en los países que la experimentan, conduciendo al éxito en el siglo XXI. El totalitarismo, como una variante de la democracia que se apoya en alejar al individuo de la polis, descantonar el espíritu del espacio democrático.

Este artículo es un fragmento de un ensayo mayor que verá la luz en las próximas semanas.


[1] Aunque el origen del actual Estado helvético se sitúa en 1848, la mayoría de los cantones tienen una historia mucho más antigua. La fecha de 1291 es comúnmente asociada con el nacimiento de Suiza, pero esta referencia, si bien no es incorrecta, tampoco es totalmente precisa. A finales del siglo XIII, los tres cantones de la denominada Suiza primitiva suscribieron un pacto de ayuda y protección mutua, sentando así las bases de una confederación de estados que perduró hasta 1798. Con el tiempo, el resto de los cantones se unieron gradualmente a esta alianza, manteniéndose como entidades institucionales prácticamente independientes.

La expansión progresiva continuó, y de 1351 a 1481, la antigua Confederación siguió creciendo hasta contar finalmente con ocho miembros. Zurich, Berna, Lucerna, Glaris y Zug se unieron a los tres cantones originales en ese período. Poco a poco, Suiza se convirtió en un espacio independiente en el centro del Sacro Imperio Romano Germánico.

La siguiente etapa de expansión se materializó después de la Convención de Stans, en la que los miembros de la unión lograron superar sus conflictos internos. Con la adhesión sucesiva de Friburgo, Soleura, Basilea, Schaffhausen y Appenzell, en 1513 la Confederación pasó a estar compuesta por 13 cantones.

Casi tres siglos después, el modelo de Estado confederado desapareció bajo la «Revolución Helvética», que, tomando ejemplo de la vecina Francia, transformó la antigua Confederación en una República. La invasión napoleónica marcó el final del Antiguo Régimen, y aunque en la nueva República Helvética los cantones se convirtieron en meras circunscripciones administrativas, la caída de Napoleón y el Congreso de Viena permitieron a Suiza retornar a su modelo de Confederación de estados con la firma del Pacto Federal de 1815.

Entre 1803 y 1815, otros nueve cantones se unieron a la Confederación: San Galo, Grisones, Argovia, Turgovia, Tesino, Vaud, Valais, Neuchâtel y Ginebra. A pesar de esto, los «Estados miembros» han logrado preservar gran parte de su independencia hasta la actualidad. Es por ello que algunos cantones, como Ginebra, Neuchâtel, Jura y el Tesino, continúan denominándose Repúblicas en la actualidad. Sin embargo, con la creación del Estado federal suizo en 1848, los cantones perdieron su soberanía estatal, y desde entonces, las leyes y regulaciones cantonales se subordinan al derecho federal.

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