Becky O’Donnell y Michael Jackson

Por Roberto Ruiz Rebo

Caminaba hacia el portal de mi apartamento, cuando la vi. Se llamaba Becky O’Donnell, y era la primera vez que la veía en persona. Una monada, tal y como la había descrito mi amigo Pepe el día en que le mostré su foto: cara, cuerpo, talante, todo un conjunto casi perfecto, si no le hubiesen sobrado unas libras demás, pero, aparte de ese detalle, era una monada como me dijo Pepe.

Hacia sólo unas cuatro horas que habíamos hablado por teléfono, cuando llamó para avisarme que iba a salir de la ciudad de Seattle en el estado de Washington, desde donde condujo su Corvette hasta Wood Village en Oregón.

Llegué en mi bicicleta, sudoroso y cansado por el esfuerzo y el calor del verano que ya comenzaba a arreciar.

Ella tenía treinta y seis años con poco más de cinco pies y medio, un short re-corto que rozaba justamente la cañada de su trasero y una blusa que felizmente se negaba a enmascarar la turgencia de sus pequeños senos. Estaba frente a mi puerta y sostenía una cinta atada al cuello de un poodle negro como el azabache, que tenía las puntas de sus patas delanteras blancas como la leche. Entonces, recordé que me había dicho el día anterior con una risita juguetona: “Michael Jackson va conmigo”, pero no le presté atención. Pensé que se refería a la música de la gran estrella del pop mundial, o a sus extravagantes acrobacias danzarias, pero no a su mascota. El perrito era simpático y se movía inquieto a su alrededor. Salió en dirección a mi cuando me vio, y estirando la amarra, olisqueo mi ropa y besó mis zapatos.

Con mis treinta y dos años acuesta y mi fealdad mal disimulada, no acababa de encontrar un alma que me ayudara a calmar mis combustiones nocturnas, y la verdad es que ya estaba cansado de masturbarme con la pornografía online.

Fue Pepe quien me alentó a lanzarme a las redes para buscar pareja.

-Anímate, me dijo. Antes de encontrar a Sandra, mi mujer, me entretenía en las redes y ligué unas cuantas.

Becky y yo hacía un tiempo que intercambiábamos mensajes y videollamadas. Una noche, me dijo que tenía un novio que nunca la había besado:

-Es un hombre guapo-, me contó en una de las llamadas. -Mis amigas dicen que está “buenísimo”, pero en realidad no tiene fuego.

-Me gusta besar- le dije y se alebrestó.

-A mí me encanta que me besen. Una lengua tibia en mi boca, me enloquece – me soltó sin ambages.

Yo no podía creer que un tipo tan feo y apocado como yo, hubiese ligado aquella escultura. Pero ella estaba allí, con sus nalgas libidinosas y su desparpajo, prometiéndome un pasaje a la gloria, o sabe dios qué cuánto, y me puse nervioso.

Cuando llegué a su lado no hubo saludos, no hubo palabras, ni apretones de mano. La miré a los ojos, y su boca fue a encontrarse con mis labios con toda la humedad de un deseo aplazado por el tiempo y la distancia.  Mi boca reaccionó con el contacto y quedamos fundidos, su lengua buscó mi lengua con ansia y por un momento quedamos acoplados intercambiando sabores.

– ¡Qué suerte, al fin! -, me susurro. -Había estado soñando con un beso.

-Es un día hermoso-, contesté aun descolocado, mientras observaba que Michael Jackson nos miraba complacido.

Cargué con su pequeño maletín de mano y entramos al apartamento, mientras ella sobaba mis orejas y su mascota jugueteaba con los cordones de mis zapatos.

– ¿Como te fue en el viaje? – pregunté buscando distensión, pero Becky me enlazó por la cintura y me hizo rodar sobre el sofá mientras acariciaba mi entrepierna y Michael Jackson retozaba sobre mí. Empujé suavemente al perrito para sacármelo de encima.

-Jau jau jau -, protestó como si quisiera comunicarme que él también era parte del paquete.

-Necesito ir al baño-, me disculpé con Becky, y aproveché para servir una copa de vino. Bebimos unos sorbos de un Cabernet-Sauvignon delicioso que ayudó a distenderme y a hacer una pausa para conversar.

– ¿Tienes cerveza en casa? -, preguntó. -No me gusta el vino, prefiero el whiskey con hielo o el champagne que es mi favorito- aseguró al tiempo que se levantaba del sofá y sacaba una cerveza de mi refrigerador que estaba a pocos pasos de nosotros. Parecía conocer mi pequeño apartamento como si fuese la dueña: agarró un vaso de cristal de uno de los closets, tomó un abridor en la puerta del congelador, se sirvió la mitad de una Heineken y se sentó a mi lado algo más sosegada.

Mientras conversábamos, Michael Jackson mordisqueaba un juguete plástico en forma de salchicha. Se me heló la sangre.

– ¿Y dónde va a dormir el perrito? – pregunté intrigado sabiendo que normalmente duermo como me trajeron al mundo.

Había leído que la raza poodle o caniche desarrolla una fuerte tendencia a demandar atención de sus dueños, y en caso de ser ignorados tiene el hábito de ladrar o comportarse de manera agresiva con otros perros o con personas extrañas.

-No te preocupes. Le voy a hacer un sitio aquí en el sofá para que esté tranquilo- trató del consolarme consciente de mi preocupación.

Luego de unos cuantos tragos y mucho más relajado, entramos en acción. La besaba con deseos, y eso le gustaba a Becky.  Cerré la puerta de la habitación aprovechando un descuido de Michael Jackson. Ella era ardiente y me llevaba la delantera. Mi juventud no la aventajaba en su experiencia. Mientras yo me esforzaba en quitarle su brasier, ella desabotonó mi camisa, me despojó del cinturón y me desnudó en segundos. Cabalgaba sobre mí con soltura, me revolcaba sobre las sábanas, y me gritaba obscenidades, que a mis oídos le parecían delicias. Estaba a punto de llevarme al cielo, cuando Michael Jackson comenzó a ladrar.

-Jau jau jau-, llamó a la puerta, y Becky se desmontó solícita a atenderlo. Cuando regresó, ya se me había apagado el brío.

-Pobrecito, tenía hambre. 

-También yo- le dije y pedí dos raciones de hamburguesas con papas fritas al restaurante Applebee’s.

-Por favor, con bastante kétchup y mostaza -me solicitó mientras yo pedía la orden desde mi celular.

Mientras esperábamos nuestra cena, nos sentamos en la sala nuevamente. Ella volvió a mi refrigerador por otra Heineken, y yo volví a servirme otra ronda de vino.

Me contó que hacía cuatro años que se había divorciado de su primer y único esposo. Desde entonces había estado experimentando en distintas relaciones y no había encontrado al hombre indicado para ella.

-Pero, me divierto-, dijo con una sonrisa socarrona. -Ustedes, los hombres, son como animalitos indefensos cuando les gusta una mujer, se pliegan a nosotras, no tienen voluntad. – y volvió a reír esta vez de una manera tan llamativa, que puso a ladrar a Michael Jackson.

-Él sabe lo que digo-, aseveró y se dispuso a sonsacarme. Comenzó a besarme detrás de las orejas, me sobaba el pecho y me apretaba las puntas de las tetillas con sus dedos, cuando llamaron a la puerta. Se trataba del delivery de nuestro pedido de comida.

Becky tenía muy buen apetito y devoró su ración al instante. Yo   masticaba con mayor tranquilidad, entonces ella comenzó a picar de mis papas fritas con displicencia aparente.

-Me gustaría tener un embarazo. Quisiera un hijo macho. -me confesó entre bocados de papas fritas.

-No tengo hijos, pero es algo que me haría feliz- contesté entusiasmado.

-Creo que entre tú y yo daríamos una mezcla interesante- dijo, pero no respondí aunque comenzaba a gustarme la idea.

Hablamos del cambio climático, de arte, de historia, de sexo y hasta de política.        Me contó de su hija no binario, y yo ni siquiera sabía de qué se trataba aquella clasificación.

-Ella se identifica de manera parcial como hombre, es demi-género- me explicó y entró en un terreno que no entendí mucho. Fue entonces que agarró alegremente mi fálica humanidad y me dijo con un retintín en la voz:

-Pero a mí me gusta esto, papasito- y tanteó la longitud y el peso de mi aparato.

Confieso que comenzaba a sentirme bien. Becky se había hecho dueña de la situación, y no sólo eso, me hacía sentir interesante con frases y con mimos que nunca me habían pronunciado. Creo que era honesta, además de ardiente y decidida. ¿Qué más podía pedir un hombre como yo, sólo y apocado? Ya casi me estaba enamorado. La hubiese preferido con un poco menos de carne y sin su perrito, pero también sabía que en el mundo no hay nada perfecto. Sin embargo, pienso que había algo equivocado en la percepción de Becky con su perrito: había confundido aquel amor perruno con la maternidad o algún otro sentimiento extraño que yo no acabo de entender.

-Él es como un hijo- me dijo tratando de explicar su devoción por el animal.

Aquella noche, dormimos juntos en mí cama. Michael Jackson se hizo un espacio junto a ella, y ella permaneció casi abrazada a él toda la noche con su espalda contra mi espalda.

Por la mañana, se volvió hacia mí y comenzó a provocarme con sus manos, y entonces le pedí que saliéramos de la habitación. Michael Jackson se quedó dormido y continuamos nuestra faena en el sofá. Ya casi a punto de volar, sentí una caricia extraña sobre mí espalda; nuevamente el perrito había entrado en escena. Terminamos aquello, pero ya no fue igual, al menos para mí.

Nos sentamos a desayunar.

-Me siento de maravilla. Crees que me pueda quedar otra noche -preguntó con entusiasmo.

-Tengo mucho trabajo, y un compromiso para esta noche. -mentí. 

En realidad, me había dado cuenta de que todo era muy alocado. Me parecía demasiado intensa para mí, además no me imaginaba compartiendo mi cama con una mascota tan exigente. Después de pensarlo durante toda la noche, estaba claro para mí que una relación seria con Becky hubiera sido un fiasco. Imaginé un hijo con ella y por supuesto con su perro. ¡Qué desastre!

La luz solar comenzaba a calentar el pavimento. El observatorio meteorológico había anunciado temperaturas elevadas para esa tarde.

Acompañé a mis “ilustres” visitantes hasta el Corvette y los vi perderse en la manada de automóviles al doblar de la esquina con la convicción de no volver a recibirlos. Cuando regresé a mi apartamento, me percaté que todo el orden de mi aposento se encontraba mancillado por un desorden pantagruélico: había vasos, platos, cubiertos y restos de alimentos en todos los rincones de la casa, y como colofón noté una mancha cristalina con la salchicha de goma que adornaban el piso a un costado de la mesa. Michael Jackson se había encargado de dejar una gracia especial como recuerdo.

Entonces, tomé mi celular, busqué el nombre de Becky O’Donnell y sin pensarlo dos veces marqué “block number”.

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