«Banco de ira» del comunismo

Por Galán Madruga

Librería Communitas

Imaginemos por un momento que los partidos políticos y los sindicatos se convirtieran en los guardianes de la ira, al igual que el dinero lo es para un banco, con el propósito de capitalización e inversión. El «banco de las iras» es un concepto extraordinario desarrollado por el filósofo alemán Peter Sloterdijk en su ensayo «La ira y el tiempo». De manera similar, resulta evidente que existen otros tipos de bancos, puntos de recolección de afectos, capaces de manejar la ira ajena con la misma destreza con la que los bancos monetarios administran el dinero de sus clientes.

En La ira y el tiempo, publicado en 2006, Sloterdijk nos sumerge en las peripecias de la ira, desde los tiempos de Homero hasta Lenin, desde las páginas de la Biblia hasta el Librito Rojo, y desde Caín hasta Freud. En este ensayo, el filósofo se vale de la timótica, es decir, la gestión de emociones como el orgullo, la dignidad, el resentimiento y otras relacionadas con el estado de ánimo, la agresividad y la pasión, para explorar el motor que impulsa todas las acciones individuales, ya sean sociales o políticas. Sloterdijk cuestiona los procesos y dispositivos que gobiernan la ira, una emoción ciertamente ancestral, pero en el contexto de la era moderna.

El banco de la ira

Así como existen instituciones bancarias donde uno deposita su dinero, confiamos a los partidos políticos y sindicatos la ardiente emoción de la ira, en forma de demandas sociales o políticas que anhelamos que florezcan como una inversión. La forma de canalizar la ira adquiere la apariencia de un banco, un ente capaz de absorber las pasiones locales y los proyectos dispersos de odio, amalgamándolos en un organismo colectivo cuya misión, al igual que un auténtico banco, es servir como recipiente y catalizador para el desarrollo de las inversiones.

De esta manera, los proyectos de venganza pueden perdurar de generación en generación, generando una «economía de la auténtica ira». Esta organización se convierte en un objeto de producción que se manifiesta en provisiones y cuentas, como si fueran capitales que pueden ser invertidos, emulando a un banco o una caja de ahorros, adoptando la forma de un proyecto gestionado colectivamente. Por tanto, el Partido Comunista se erige como el primer establecimiento de un «sistema bancario no monetario», ya que ofrece protección a los intereses de la clase obrera a cambio de una papeleta de voto o una afiliación mediante una cuota.

Según Sloterdijk, los partidos políticos deben ser concebidos como bancos de la ira que, si conocen su negocio, obtienen beneficios de las inversiones de sus clientes en la política del poder y la búsqueda de reconocimiento. Esta capitalización de la ira, que tiene su origen en el deseo de venganza o el resentimiento, da sus frutos en forma de rendimiento de la inversión, que se refleja en los movimientos de protesta. Sin embargo, como sostiene el autor, «con la creación de un banco de ira (concebido como un almacén de explosivos morales y proyectos de venganza), los diversos vectores están controlados por una junta de control central cuyas demandas no siempre coinciden con los ritmos y acciones de los actores y movimientos locales».

La monetización y el archivo de la ira

Los pequeños grupos locales que canalizan la ira y la rabia reciben duras críticas por parte de los expertos en el manejo de la ira, ya que consideran que las acciones de estos grupos son una inversión sin sentido debido a la falta de beneficios adecuados. En la mayoría de los casos, estas «explosiones anárquicas de la energía de la ira», que carecen de un propósito claro, son neutralizadas por la intervención de las fuerzas de seguridad. Por lo tanto, carece de sentido destruir cabinas telefónicas o incendiar autos si no se persigue un objetivo que integre esos actos vandálicos en una perspectiva histórica. La ira de aquellos que destruyen cabinas telefónicas y provocan incendios se consume en sí misma, y el hecho de que se regenere a través de las insensibles reacciones de la policía y la justicia no la hace más clara. Estas acciones se conforman con dispersar la niebla con un palo.

Las acciones de aquellos que se dedican al «mezquino oficio de la ira» están condenadas a agotarse en un «trabajo descuidado que lleva a grandes pérdidas». En contraste, solo los grandes proyectos cuidadosamente planeados, dirigidos por personas lo suficientemente «tranquilas y diabólicas» con una visión a largo plazo y capaces de generar la suficiente energía para la acción, pueden alcanzar el nivel de la política mundial. Sobre este nivel superior de organización de la ira, el autor sostiene que «cuando uno actúa como un revolucionario profesional, es decir, como empleado de un banco de la ira, no está expresando sus propias tensiones: sigue un plan. Esto implica que los efectos de la ira están completamente sujetos a la estrategia corporativa».

Es evidente que cuando la ira pasa de «la fase de acumulación local y gasto puntual» a la «inversión sistemática y crecimiento cíclico», entonces la forma de la ira se transforma de un simple «tesoro» a «capital». De esta manera, la forma de producción vengativa se convierte en una forma de revolución en el sentido más amplio del término, ya sea a través de ataques al estado del mundo en su conjunto o mediante ataques selectivos.

De hecho, la trascendencia primordial de la «historia» como factor determinante en la conformación de bancos de ira se explica por el hecho de que la manifestación bancaria de la ira requiere que los diversos impulsos vengativos sean categorizados desde una perspectiva más elevada. Esto reclama con orgullo el concepto de una «historia», en singular, por supuesto. La subordinación se vuelve indispensable: las múltiples narrativas de venganza deben ser sometidas bajo la égida de una historia unificada.

Esta unificación de la «historia» dentro de los propios bancos de ira demanda un trabajo de recopilación y clasificación de los archivos de ira, que consolida estos establecimientos siguiendo el modelo de una empresa más ambiciosa, ya que se erige como un auténtico «colectivo que invierte sus recursos en la ira». Así, las mentes inquebrantables de la protesta se convierten en enciclopedistas que recopilan el conocimiento de la ira de la humanidad, acumulando vastas cantidades de injusticia.

Cabe destacar que cuando se busca cultivar y transmitir la ira, es necesario incorporar a los descendientes en un libro negro de víctimas que claman por venganza. Y para el autor, la izquierda es el ejemplo mismo de un movimiento con estos «historiadores de la ira», que denominan a sus archivos «ocultos» como «sociedad de clases».

La revolución timótica

Desde los albores del último tercio del siglo XVIII hasta nuestros días, los militantes han observado que el individuo carece de lo necesario para vivir con dignidad y no posee la suficiente rabia para rebelarse contra esta injusticia. La sociedad, en su conjunto, padece una falta imperdonable de cólera evidente hacia su propia situación. Así, durante la Revolución Francesa, se erigió la misión psicopolítica primordial de cultivar una cultura de indignación, fomentando metódicamente la ira. Desde entonces, dicha cultura se ha extendido, alimentando la ira a lo largo de los siglos XIX y XX y sentando las bases para el desarrollo del pensamiento crítico.

El origen de esta ira, no obstante, reside en la naturaleza humana, caracterizada como «el animal que sufre de indigestión crónica». A lo largo de los tiempos, el pasado a veces se niega a desaparecer, tal como se evidencia en los tiempos míticos, como la cólera de Aquiles, cuya existencia no es más que una manifestación punzante de un recuerdo acumulativo. Esta ira es impredecible y tumultuosa, y se vuelve peligrosa cuando crece y estalla en una furia destructiva o redentora. En este sentido, se plantea la cuestión crucial de su dirección y transformación.

Si consideramos a los partidos de izquierda, como el Partido Comunista o el Socialista, como los ejemplos más representativos de este sistema bancario no monetario que reemplaza el dinero por la ira, resulta evidente que la ira sigue presente en la actualidad, aunque ha cambiado su enfoque hacia los extremos, especialmente en el ámbito de la identidad. El autor nos advierte sobre el inminente retorno de la realidad «a la antigua», la resurgencia de la hostilidad en su forma más pura, encarnada en el concepto de «enemigo». Además, señala que la mayoría de los habitantes de las naciones ricas son apáticos ante el pacifismo político, atrapados en una insatisfacción dorada. Mientras tanto, en los márgenes de esta zona de felicidad, aquellos que les resultan molestos, e incluso sus supuestos tormentadores virtuales, se sumergen en libros de texto sobre química de explosivos, obtenidos de las bibliotecas públicas de sus países de acogida. El autor también destaca que, desde hace algún tiempo, el público se ha acostumbrado a la banalización de la violencia real, presentada de manera simplificada, entretenida y aterradora en forma de promociones o información.

No obstante, a pesar de que la ira y su séquito de proclamas y explosiones no son algo nuevo, Sloterdijk se pregunta qué hemos decidido olvidar conscientemente para considerar como «extraterrestres» a aquellos que se vengan efectivamente de sus supuestos o reales enemigos. Al fin y al cabo, ¿no es el resentimiento, incluso más que el sentido común, una de las experiencias más compartidas en el mundo?

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