Ataque, contraataque, defensa: el arte de la guerra intelectual.

Por Leopoldo Ávila

Si alguien dice que «atacar» forma una condición sine qua non de mis inclinaciones preferidas, no se equivoca.  Por naturaleza, soy de perfil combativo y, si se prefiere, dinamitador. Lo aprendí de los suecos, lo inventores de la dinamita.  Pero esta «combatividad», si cabe el término aquí, no supone tener al frente, sino a un «contrario» de condición corpulenta, entrenado, para la cual se requiere, según el desarrollo exigente, resistencia y poder, y no proyecciones de menguada agresividad.

En este sentido, el tono «agresivo, bravucón que se me asigna, constituye una organicidad también de la fuerza, pero con igual demanda con que el instinto de venganza y de inquina se suman a la constituyente de la debilidad. Por eso, mi atacador no puede formar parte del conjunto de mis adversarios. 

Demasiado lábil es el sardónico de Playa Albina para poder ser considerado una dimensión correcta, alta, con la simetría y proporción de un adversario que de verdad necesito:  en los avances de mis investigaciones culturales, literarias, se revela que un buen adversario se trasluce en un gran problema a dilucidad. 

Se trata, en suma, de ponerme al lado de la honestidad; de provocar a duelo a un adversario de igual potencia a mí. «Sardónico, el yerbita» no lo es. De ahí la pregunta: ¿es justo forjar una batalla cuando se siente aversión y desprecio por algún adversario? Por principio, no impugno a persona alguna a no ser que ella lleve en sus manos una lupa para hacer visible los problemas más generales (los problemas de la investigación artísticas y literarias me refiero, en Playa Albina)

De esta manera, me valgo para «atacar», por ejemplo, al positivismo de la historiografía cubana a través del legado de Enrique José Varona, Fernando Ortiz y Ramiro Guerra. Y por gratitud me expongo también a una suerte de mal entendido según cierta escritura y narrativa positivista, descriptiva, que excluye el tono personal y el peligro del fracaso por sí mismo. Gente como NDDV no sobrepasa la espada del ditirambo de la prole escrituraria perversa.

Por eso yo he sido hasta hoy un «hombre sin éxito», sin reconocimiento, sin premios literarios, sin guataquear un trozo de privilegio, vilipendiado porque siempre estaré por encima del instinto del mendigo. Si se me acusa de llevar a cabo una «guerra contra los poetas de mermelada», es porque se me está, de algún modo, permitido, hasta cierto punto porque para algunos «Poetas» mi cuerda representa una prueba de benevolencia.

Como yo distingo vincular mi nombre a una causa cualquiera, –me dicen Leo– y formalmente me interesa el devenir de una forma de vida personal, les dejo el siguiente poemita, incluido en mis ‘Poemas intempestivos del siglo XXI:  

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LAMENTO

Atrapé al vuelo esa idea

 me valí a toda prisa,

 de las primeras palabras.

Se me ocurrieron para retenerla

no se me escapara.

La aridez de mis inapropiadas palabras

 mató la idea,

que ahora está colgada

de ellas

y bamboleándose.

Cuando la considero,

apenas me explico cómo

tuve la suerte

de agarrar ese pájaro.

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