Y se vuelve a la pregunta, ¿cómo describir el atlas que nos concierne? ¿Estrépito, silencio? ¿Riqueza, escualidez? ¿Originalidad? ¿Claro del bosque, dunas? No toma mucho tiempo el aquietarnos y decidirnos por escudriñar esa fotografía obligada, nuestro escenario inagotable, congénito; y divisar las congregaciones que se animan con el verbo, los asentamientos y el humo de las fogatas; las líneas divisorias que demarcan cada doctrina y sus oficiantes. Alcanzamos a comprender que será imposible clasificar tantas visiones, y que sólo nuestros sucesores habrán de tasar nuestros trabajos, si fuera preciso. Por ahora un campo barroco, que no se agota, sobrevolado por alas negras que dibujan un círculo, impasibles.

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