Por El Coloso de Rodas

En las ceremonias de la cultura francesa se esperaba de Paul Valéry una frase capaz de sobrevivir al acto que la había convocado. Había ingresado en la Academia Francesa para ocupar el sillón de Anatole France, y su presencia parecía garantizar que la tradición todavía podía hablar en público sin perder la compostura. Régis Debray, en Un été avec Paul Valéry, se detiene también en el hombre que escapaba de aquellas ceremonias, el que dejaba entrar en sus cuadernos una ocurrencia maliciosa después de una reflexión sobre el pensamiento. Es difícil imaginar al segundo escuchando al primero sin cierta impaciencia.
Al amanecer, Valéry regresaba a sus Cuadernos. Lo hizo durante unos cincuenta años, hasta dejar 261 libretas en las que una observación sobre la memoria podía seguir a un cálculo, y una pregunta sobre el deseo interrumpir una indagación sobre la conciencia. Le interesaba sorprender al pensamiento en el momento de producirse, antes de que el resultado adquiriera la firmeza engañosa de una conclusión. Anotaba, corregía, volvía a empezar. La página registraba también los errores que una obra terminada habría eliminado.
Esa vigilancia de sí mismo encontró una criatura literaria en Monsieur Teste. Sentado frente a otro, escuchando y respondiendo con una lucidez que vuelve incómoda la conversación, Teste lleva el examen de la mente hasta una exigencia difícil de soportar. Se resiste a aceptar una opinión por el prestigio de quien la pronuncia, y tampoco parece dispuesto a concederle mucho crédito a la suya. Valéry podía ponerlo a prueba en la ficción y observar hasta dónde llegaría un hombre entregado a pensar por cuenta propia. El experimento deja una pregunta menos cómoda que la admiración por su inteligencia. ¿Qué queda de una vida cuando hasta los vínculos con otros se someten al mismo examen?
En los Cuadernos, Valéry conservó una libertad que el personaje lleva hacia un extremo. Una idea podía ser precisa y provisional al mismo tiempo; un cambio de perspectiva obligaba a revisar lo escrito la mañana anterior. De ahí su desconfianza ante los sistemas capaces de acomodar cualquier fenómeno sin dejarse alterar por ninguno. Quería entender el funcionamiento de una convicción, incluida la propia, y esa curiosidad exigía mantener abierta la posibilidad de contradecirse.
Desde la altura del cementerio de Sète, el mar de El cementerio marino recibe la luz del mediodía. Las tumbas permanecen bajo los pinos; el agua, indiferente a ellas, vuelve a empezar. Valéry ordena esa escena mediante una forma rigurosa, y cuanto más firme parece el verso, más se hace sentir la inquietud que lo atraviesa. El poeta contempla la muerte desde un lugar en que todavía puede percibir el calor sobre la piel. Nada obliga a escoger entre la tumba y el sol, porque ambos ocupan el mismo campo de visión.
La claridad de ese poema tiene un costo que el lector de los Cuadernos alcanza a conocer. Detrás de la línea ajustada están las mañanas de tanteo, las observaciones que no llegaron al verso, las preguntas que siguieron abiertas. También el académico de las ceremonias resulta menos fácil de fijar en su retrato después de asomarse a esas páginas. Se entiende por qué lo llamaban para pronunciar discursos, pero cuesta creer que él mismo confiara del todo en la autoridad de una frase pronunciada ante un auditorio.
Sus reparos a las opiniones repetidas por conveniencia o por obediencia permiten leer con interés sus notas sobre la vida pública. Valéry observaba la facilidad con que una consigna dispensa de mirar aquello que pretende explicar. Había algo de la disciplina de Teste en esa negativa a aceptar una afirmación porque la sostuviera un partido, una multitud o un hombre célebre. Pero fuera de la ficción seguía siendo necesario vivir entre los demás, hablar una lengua compartida, exponerse a ideas que uno no había elegido. La soledad podía ofrecer un lugar desde el cual pensar; no podía resolver por sí sola el problema de estar en el mundo.
«Lo más profundo que hay en el hombre es la piel», escribió Valéry. La frase ha circulado tanto que puede pasar por una de esas sentencias destinadas a cerrar una conversación. Tal vez convenga devolverla al cuerpo del que habla. La piel siente el sol, envejece, acusa el roce y separa a una persona de las demás. Aun la inteligencia de Teste necesitaría esa superficie para saber que existe alguien fuera de ella.
Queda Valéry ante la página, corrigiendo una línea que al día siguiente quizá vuelva a discutir. A cierta distancia se ven el sillón de la Academia, las tumbas de Sète y el mar. Ninguno explica por completo al hombre que escribía. En sus Cuadernos, la búsqueda de claridad continuó mucho después de que hubiera aprendido a dar a sus versos una forma perfecta.
