¿Alta cultura en Cuba?

Por Leo Pi Verdecia

¿Necesita Cuba desarrollar una «alta cultura»? ¿Existe una ‘alta cultura’ cubana en el plano intelectual? Si nos guiamos por los conceptos morfológicos de Spengler en «La decadencia de Occidente», la cultura cubana entra dentro de la ‘cultura fáustica’, enferma, porque la occidental, en su afán de conquista y expansión, ha sobrepasado los límites de la naturaleza de lo ‘abierto’. ¿Qué se entiende por lo ‘abierto’? La capacidad de existir en un lugar, región o país sin exceder su espacialidad límite.

Una cultura que busca extenderse sobre el plano genealógico, hereditario y transcultural sabotea la diacronía ‘histórico ascendente’, quedando al margen. No es ni cultura «oficial» ni cultura «independiente»; es una contraposición positivista. En ambos casos, los conceptos quedan en desuso si somos capaces de interpretar la naturaleza de la cultura. La crisis de la «alta cultura» señalada por Mañach respondía a una «prominencia amateur» y a una diferencia social de clases. Era una historia de las deformaciones de la cubanidad. Esas eran formas positivas de la cultura. Cuando decimos «alta», nos referimos a la «transcultura» en el plano vertical de la esfera vital: una cultura ascendente que puede erigirse por encima de una arena afianzada de manera poderosa e inmune. A su merced trabajan las ciencias culturales y, desde luego, el arte.

El ascetismo antropológico no puede concebir una escena mejor para la ascendente «alta cultura». Pero la antropología cultural, como tal, es propia de una especie intermedia de hombres que, entre las excepciones, queda desplazada y no tiene nada de meritocrático y, aún menos, de anárquico e independiente en sus instintos.

El poder de la «cultura oficial» se conserva por medio del comercio político, sobre todo por el comercio ideológico. La «alta cultura» ascendente es contraria a todos los extremos, incluso al extremo de la mal llamada «cultura independiente»; por eso Mañach no supo consignar en su análisis cómo un germanista de la obra de Alberto Lamar sería potencia conservadora de la «alta cultura» ascendente, tan amenazada y expuesta por aquellos días de frustraciones culturales. Pues ascendiendo, no habría necesidad de revoluciones, ni de socialismo, ni de autoritarismo, ni de militarismos. ¡Nuestra imaginación es adicta a los «puentes», a trazar líneas hacia adelante, no a las «escaleras»! (¡Cuánta razón tenía Wittgenstein!)

Sin embargo, ambas formas de culturas antiaristocráticas se veían en la necesidad de disfrutar del poder en una sola dirección: el gesto más elocuente para designar la «vulgaridad» en este sentido se lo debemos al poeta y ensayista Enrique Labrador Ruiz, como se sabe, al repudiar de manera enfática en «El laberinto de sí mismo» la palabra «liberal».

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