Por Vito Corleone
En lugar de presentar lo maravilloso como un simple territorio de evasión, acaso más próximo a la ingenuidad que a la reflexión, prefiero asumirlo, si se me permite la inflexión, como una operación rigurosa que introduce una forma de falsedad indispensable para sostener la experiencia, pues lo maravilloso no engaña en el sentido vulgar del término, antes bien interviene, diríase que con una precisión casi clínica, cuando la realidad se vuelve insuficiente para ser vivida sin mediaciones, y en ese punto su potencia no depende de la veracidad sino de su eficacia, esto es, de su capacidad para producir un suplemento de sentido que la vida ordinaria no alcanza por sí sola, de suerte que lo increíble no se opone a lo real, sino que lo prolonga en una zona donde este puede aún respirarse.
La fascinación que suscita lo maravilloso no responde, como podría creerse en una lectura apresurada, a un residuo infantil o a una disposición crédula, sino a una necesidad estructural, por así decirlo, inscrita en la propia condición humana, ya que el individuo, enfrentado a la literalidad del mundo, requiere de un desvío que le permita persistir sin sucumbir al peso de lo inmediato, y en ese desvío la mentira adquiere una dignidad inesperada, no como error ni como falta, sino como recurso compensatorio, una suerte de artificio que, lejos de oponerse a la verdad, la sostiene cuando esta ha dejado de ser suficiente, lo cual introduce, si se quiere, una torsión en la relación clásica entre lo verdadero y lo falso.
Desde esta perspectiva, Lewis Carroll aparece no tanto como un narrador de fantasías cuanto como un operador de esa lógica compensatoria, un artífice que organiza un espacio donde las reglas han sido desplazadas con el fin de revelar su carácter arbitrario, de modo que Alicia no habita un mundo absurdo en el sentido banal, sino un campo de experimentación donde la coherencia se reconfigura, donde cada escena parece decirnos que aquello que tomamos por necesario no es más que una convención estabilizada, lo cual, dicho sea de paso, constituye uno de los hallazgos más persistentes de su escritura.
No se trata aquí, conviene insistir, de una incursión en el inconsciente reprimido al modo del psicoanálisis clásico, ni de una repetición de estructuras míticas en su forma arcaica, sino de una invención que emerge en el plano de la cultura como respuesta a sus propias insuficiencias, en la cual la mentira no encubre la verdad sino que la reemplaza allí donde esta ya no orienta, lo cual nos obliga, por lo demás, a reconsiderar la función misma de la ficción en la vida humana, no como ornamento, sino como condición de posibilidad.
Alicia, en efecto, no desciende a un fondo psicológico, sino que atraviesa una serie de escenas donde el sentido se reorganiza constantemente, y cada encuentro, cada diálogo, cada inversión de expectativas, introduce una variación que no destruye la lógica, sino que la desplaza, la flexibiliza, la somete a una prueba, de manera que lo que emerge no es un caos sino una legalidad distinta, una gramática alternativa que permite pensar lo impensable sin la coacción de la coherencia habitual, lo cual, en términos más estrictos, podría entenderse como una experiencia ontológica antes que psicológica.
Ahora bien, si se considera la noción de libertad, resulta inevitable confrontar esta experiencia con la formulación de Jean-Paul Sartre, para quien la libertad se funda en la nada, en la ausencia de una esencia que determine al individuo, tesis que, sin embargo, acaso deja en la penumbra una dimensión trágica que no puede ser reducida a la pura indeterminación, ya que la libertad no es únicamente apertura, sino también carga, no solo posibilidad, sino peso, y en ese punto la intuición de Ludwig Binswanger introduce un matiz decisivo al concebir el sueño como una experiencia que imita la muerte, es decir, como un límite que no aniquila pero que desestabiliza toda certeza.
El sueño, en consecuencia, no revela una verdad oculta ni traduce un contenido reprimido, sino que opera como una pausa en la continuidad de la experiencia, una suspensión que permite reconfigurar la relación con el mundo, y esta función compensatoria resulta, por así decirlo, indispensable, pues sin ella la vida se reduciría a una sucesión ininterrumpida de hechos sin espesor, a una linealidad que agotaría toda posibilidad de sentido, lo cual equivale a decir que la mentira, en su forma onírica, sostiene la existencia allí donde la verdad no alcanza.
Cada día, sin excepción, el individuo accede a ese territorio donde la lógica se suspende, no por elección, sino por necesidad, y en ese tránsito se reorganiza lo vivido, no mediante una síntesis racional, sino a través de imágenes que no buscan coherencia, lo cual convierte a la mentira en una prótesis de la existencia, un dispositivo sin el cual la realidad se volvería, en rigor, insoportable, y esta afirmación, lejos de ser hiperbólica, describe una condición fundamental de la vida humana.
La vida cotidiana, desprovista de esa mediación, correría el riesgo de reducirse a una mera circulación de objetos, donde la experiencia pierde intensidad y la libertad se degrada hasta convertirse en una categoría vacía, susceptible de ser consumida, intercambiada, estetizada, de modo que incluso los gestos más radicales pueden ser absorbidos por la lógica del mercado, lo cual, si se mira bien, constituye una de las paradojas más agudas de la modernidad.
La escena del juicio en Alicia, por su parte, condensa esta problemática de manera ejemplar, pues la inversión del orden, donde la sentencia precede al veredicto, no es una extravagancia sin más, sino una alteración profunda de la relación entre causa y efecto, en la que la decisión antecede a la prueba, revelando así el carácter arbitrario del procedimiento, y sin embargo, justo en ese instante, cuando todo parece clausurado, Alicia despierta, lo cual no debe entenderse como una huida, sino como un retorno cargado de una experiencia que no se disuelve, sino que se integra como reserva.
Decir que todo ha sido un sueño no implica una negación de lo vivido, sino el reconocimiento de su función, pues el sueño no es menos real por carecer de correspondencia con el mundo exterior, y su verdad reside precisamente en su capacidad para afectar la existencia, para modificar la relación del individuo con lo real, lo cual nos conduce, inevitablemente, a reconsiderar la distinción entre verdad y mentira en términos funcionales antes que ontológicos.
En este horizonte, la célebre afirmación sobre la muerte de Dios adquiere una resonancia particular, ya que la desaparición de un fundamento absoluto no conduce a una libertad pura, sino a una situación en la que el individuo debe producir sus propias mediaciones, sus propias ficciones, lo cual transforma la libertad en tarea antes que en don, en ejercicio antes que en estado, y en ese ejercicio lo maravilloso ocupa un lugar central, no como evasión, sino como condición de posibilidad.
Así, lo maravilloso no constituye un lujo ni un adorno, sino una necesidad, una forma de mentira que permite que la verdad no se vuelva insoportable, una ficción que sostiene lo real cuando este pierde su capacidad de sostenernos, de modo que, en última instancia, la libertad no se funda en la transparencia, sino en la capacidad de habitar esas ficciones sin olvidar su carácter, lo cual, dicho en términos más sobrios, define una de las tareas más complejas de la existencia.
Dios ha muerto; el hombre, si se quiere, permanece, sostenido por sus propias ficciones.