A.I. Artificial Intelligence

Por: Rafael Piñeiro López

El mundo está más cerca de A.I. Artificial Intelligence (2001) que de los zombies de Romero. O lo que es lo mismo, la visión totalitaria de Orwell, Huxley y Dick se ha impuesto sobre el apocalipsis de Darabon y compañía. Spielberg heredó a fines del siglo pasado un proyecto largamente acariciado y organizado por Stanley Kubrick. No sabemos lo que nos habría legado el genio de 2001 de haberse concretado su visión sobre la historia de Brian Aldiss, pero Spielberg, quien quizás no posee la profundidad filosófica de Kubrick, termina regalándonos aquí una historia emotiva, trascendental e insondable que puede equipararse, por momentos, al mismísimo misterio de la vida y de la muerte.

A.I. hereda el desafío argumental (y filosófico) de Blade Runner, al confrontar la existencia y la muerte a niveles que traspasan las leyes complejas de la física y de la vida que tradicionalmente conocemos como “verdad”. Para ello se recurre, como hiciera Philip K Dick en su narración primaria, al arquetipo del androide como recreación de la singularidad humana. Se recrea la leyenda de Pinocho, el niño madera convertido en humano. La escena del encuentro de David con el profesor Hobby, especie de apoteosis argumental de la obra, recuerda en gran medida, al acercamiento previo de Roy Batty con su padre, el Dr. Tyrell, lo que me parece que viene a ser una especie de recreación de aquel versículo bíblico, el Mateo 10:21, donde se nos dice que “Y el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y les causarán la muerte”.

La historia de Aldiss, al final, es una búsqueda de la trascendencia, del sentido de la vida y una salutación al Carpe Diem de Horacio. Técnicamente no es la mejor pieza de Spielberg, eso está claro. Hay inconsistencias en el ritmo, fruto de una edición algo descuidada por momentos. Pero la humanidad de la historia y su hermosísimo final (sí, la tristeza es parte también de la belleza) compensan cualquier debilidad posible.

Aquella etapa de positivismo exagerado por la que navegó Spielberg en sus inicios, con obras excelentes, pero extremadamente naives (ET, Close Encounters of the Third Kind) daría paso hacia comienzos de este nuevo milenio a una nueva visión terrible y pesimista sobre el futuro. A. I. es parte vital de esa tríada desesperanzadora que completan Minority Report y War of the Worlds, obras quizás menores, pero que cargan consigo la fuerza arrolladora del sentido común.

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