Por KuKalambe

—Mi papá no mató a la vaca.

—Era la única que nos quedaba. “Esperanza”, la llamábamos. Mi papá le hablaba como a una persona. Le decía “mi señora”, porque era vieja y sabía mirar. Aquella noche llovía, y no había pan. Mamá temblaba de fiebre. Él salió con un cuchillo, pero lo vi regresar con una bolsa de yuca. A la vaca la encontramos en la mañana, degollada. Pero tenía la mirada en paz, como si la hubieran dormido con palabras, no con filo.

El fiscal toma nota, la defensa asiente.

—Dicen que había sangre en su camisa. Era de su diente. Se lo rompió comiendo yuca cruda. Esa es la verdad.

—A mí no me vengan con cuentos. Yo vi cuando la mató.
—¿Lo vio con sus ojos? —pregunta el fiscal.
—Con estos dos. Y con los de Dios, que también vigila.

—Eran las once de la noche. Yo salía a mear cuando oí el mugido. Uno solo, largo. Después, silencio. Me acerqué a la cerca. Vi al tipo con la linterna en la boca y el machete en la mano. Le rebanó el pescuezo a la vaca. Ni se persignó.

—Después vi cómo sacaba las vísceras y enterraba el cuero cerca del platanal. Pero el cuero apareció en el río. Nadie entierra lo que no piensa esconder.

—Esa vaca era símbolo de dignidad. Era vieja, sí. Pero daba sombra y compañía. Don Félix me confesó que no podía más. Que sus hijos tenían lombrices de tanta harina sin carne.
—¿Le confesó el crimen? —interrumpe el fiscal.
—No. Confesó su hambre.

—Dijo que soñaba que la vaca le pedía que la matara, como Abraham al cordero. “Padre —me dijo— ella me habló. Me dijo: ‘libera mi cuerpo, y dáselo a los tuyos’”.
—¿Delirios? —pregunta el fiscal.
—¿Y si fue revelación?

Don Félix Ramos era un hombre de tierra y tiempo. De esos campesinos que llevan la dignidad en la espalda encorvada y la justicia en los callos de las manos. Su rostro parecía esculpido por el sol de muchas cosechas, surcos profundos en la frente, una barba rala que nunca terminaba de crecer, y unos ojos pequeños pero firmes, del color del tabaco húmedo.

Dueño de una pequeña finca heredada de su padre —una franja de monte al sur de Aguacatal— Félix vivía entre surcos de malanga, plátano burro y caña vieja, rodeado por cercas hechas con palo moro y bejuco. Criaba tres o cuatro vacas flacas, entre ellas Esperanza, la más vieja, la más mansa, la que nunca dejaba de mugir al caer la tarde.

No era un rico. Ni un miserable. Un mediero con papeles, como se decía en el campo. Según el contrato con la Cooperativa Agropecuaria, debía entregar cierta cuota de leche cada semana —aunque las vacas apenas dieran una gota— y parte de su cosecha cada mes: viandas, granos, hasta los huevos que su esposa recogía del gallinero.

El Estado le exigía más de lo que podía dar. Y él, por costumbre o resignación, cumplía. A veces vendía un puerquito a escondidas para comprar jabón o una medicina. Otras, simplemente aguantaba. Nunca protestó en voz alta. Pero sus silencios eran largos y duros como machete viejo.

Vestía siempre igual; camisa de dril remendada, sombrero de yarey que le tapaba las orejas, y un machete al cinto que no sacaba desde la zafra del 70. Tenía manos de piedra con dedos agrietados, pero sabía acariciar una vaca como quien afina un violín. Hablaba poco, y cuando lo hacía, usaba refranes: “el que no tiene vaca, no sabe lo que es el hambre”, solía decir.

Había criado a sus tres hijos con leche aguada, boniato hervido y una paciencia de siglos. Nunca fue a la ciudad. Nunca escribió una carta. Lo suyo era el monte, la lluvia, el mugido que rompe la madrugada. Leía la tierra como se lee un mapa antiguo. Sabía cuándo llovería por el canto de las ranas, y cuándo nacería un ternero solo por el silencio de la madre.

—Señoría, estamos ante un caso de crimen rural, sí, pero crimen al fin. Matar ganado sin permiso es ilegal. Que haya hambre no excusa. Si todos matan su vaca, ¿qué queda de la ley?

—El acusado, don Félix, sabía que no podía tocar esa res. La ley lo dice: vaca registrada es bien del Estado. La carne no es del hambre, es de la República.
—¡Mentira! —grita la hija.
—Silencio en la sala.

El fiscal muestra una bolsa de lona con restos secos.

—Estos son los restos que se hallaron flotando en el río: cuero con marca oficial. Y en su cuchillo, se halló sangre.

—No es juicio moral, es juicio legal. Y por la ley, es culpable.

—Señoría, señores del pueblo: no estamos ante un asesino. Estamos ante un padre.
—La ley es ley —interrumpe el fiscal.
—Y también lo es la compasión —responde.

—La vaca no era productiva. Ni leche daba. Solo hueso y mugido. Pero aún así, era parte de la familia. Don Félix no la mató. La vaca se ofreció.

—Miren la contradicción: un testigo dice que la degolló con linterna. Otro, que la enterró. Otro, que soñó con ella. ¿Dónde está la certeza?

—La ley debe castigar el delito. No la poesía.

Ríe el fiscal. El abogado continúa.

—Pero este país ya no tiene leyes que comprendan la poesía. Ni la necesidad. Solo códigos fríos. Si castigan a este hombre, no castigarán a un criminal. Castigarán a un símbolo: el del hambre que se disfraza de crimen.

—Yo no la maté.

—Pero soñé con matarla. Cada noche. Soñaba que abría el cuchillo y la vaca se reía. Y luego me decía: “hazlo, que yo te perdono”.

—Esa noche, salí al campo. Pero no tenía fuerza. Me senté bajo el naranjo. Lloré como un niño. Cuando regresé, la vaca ya no estaba viva. La habían abierto como a un libro. No sé quién fue. Pero yo me comí la carne.

—Yo sé quién mató a la vaca. No fue don Félix. Fueron los de la camioneta verde.

Nadie en la sala sabe quién habla. El juez permite el testimonio bajo reserva. La voz es áspera, campesina.

—Aquí en Aguacatal todo el mundo conoce a “El Pavo” y “La Brasa”. Ellos son los que hacen ese negocio sucio. Llegan de noche, machete limpio, saco de sal y linterna. Si usted les paga, le pelan la vaca y se la dejan en bistec. Si no les paga, se la pelan igual. Y se la venden a otro.

—Esa noche, los vi desde mi rancho. Estaban cerca de la quebrada. Esperanza —la vaca— mugía raro. Como si estuviera hablando. Cuando salí al claro, vi la camioneta. Uno la degolló y el otro vigilaba. Usaban guantes. No dejaron nada… solo el cuero, que luego apareció en el río.

—Y no me arrepiento.

—Condenado por apropiación indebida y consumo de carne sin permiso. Absuelto del delito de sacrificio por falta de pruebas.

—Tres meses de arresto domiciliario. Y que Dios se apiade de nosotros.

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