5 Motivos para una crítica de la intelectualidad y del ejercicio escritural

Por KuKalambé

Motivo 1

El día en que se emprenda una investigación seria sobre la fenomenología de la vida de un intelectual, en el sentido pleno que la tradición moderna ha conferido a ese término, probablemente no se encontrará a ningún sujeto que merezca tal denominación. El término intelectual, lejos de designar una realidad ontológicamente verificable, constituye más bien un artefacto de época, una construcción ideológica cuya genealogía responde al deseo de inscribir una subjetividad específica dentro de las jerarquías sociales y epistémicas. Su surgimiento, en efecto, se inscribe en un momento histórico marcado por la consolidación de la moral del resentimiento —aquella que Nietzsche identificó como moral de esclavo— mediante la cual se justifica la autoridad simbólica de un sujeto que, sin ostentar poder económico ni militar, se adjudica la prerrogativa de hablar, pensar y emitir juicios en nombre de la razón y la cultura.

En ese sentido, el llamado intelectual no es otra cosa que una figura desplazada de la antigua casta sacerdotal, reciclada en los lenguajes seculares del pensamiento ilustrado. Esta figura se sostiene en la legitimación de su oficio como portador del sentido, como mediador entre el logos y la comunidad, como intérprete de lo real. La palabra que originalmente pretendía designar esta operación ha mutado de forma y contenido con el paso del tiempo, adoptando el disfraz terminológico que mejor se acomode a los lenguajes de la época. Así, bajo la máscara del «intelectual», se esconde, con frecuencia, el gran traidor de toda pasión encarnada, el desertor de la vida, el que ha renunciado a la acción en nombre de una razón instrumental. Y no obstante, el mundo le continúa rindiendo honores como si fuera el último custodio del sentido.

Motivo 2

Quien escribe bajo la sombra del espíritu cioraniano —ese que se deleita en la negatividad, en la pulsión tanática, en la glorificación del exilio como una forma de autoaniquilación simbólica— incurre, quizás sin saberlo, en una paradoja de estilo: la falsa originalidad. En efecto, repetir la desdicha con vocación estilística, insistir en el nihilismo como si fuera un descubrimiento, no es más que un gesto mimético que pretende singularidad allí donde solo hay eco.

Este tipo de sujeto, a menudo recluido en una autofiguración ascética, se asemeja al ermitaño posmoderno: escribe como si fuera un monje, pero su celda es una cuenta de Facebook; se presenta como un deconstruccionista, pero desconoce los fundamentos teóricos de la différance; se opone al poder, pero necesita del escenario simbólico que este le provee para existir. Así, su escritura no construye mundo, ni siquiera lo niega con profundidad: simplemente lo parodia. En su relación con la llamada cubanidad, esta postura deviene en una representación caricaturesca, una esquizofrenia cultural en la que el sujeto performa un ser single, a la manera del narcisismo digital de la contemporaneidad, como si la escritura fuese un espejo roto donde cada fragmento devuelve una imagen irreconciliable de sí mismo.

Estas formas de la escritura mimética, estas poses existenciales a la carta, no hacen sino reproducir el viejo truco de la metafísica: el Uno disfrazado de múltiples. Y al final, el juego termina siempre del mismo modo: todos contra uno, uno contra todos. Una lucha sin tregua entre la máscara y el vacío.

Motivo 3

Existe una categoría existencial que bien podría describirse como el tránsito del ser-en-el-mundo al ser-en-la-nada, utilizando la terminología heideggeriana con cierta licencia poética. Esta modalidad de existencia implica una negativa voluntaria, a veces mística, otras veces neurótica, a habitar el mundo tal como se presenta. El ejemplo histórico de Hugo Ball resulta ilustrativo: tras renunciar al caos performático del Cabaret Voltaire, se recluye en una vida de ascetismo cristiano, en compañía de Hermann Hesse, y emprende una crítica del cristianismo bizantino que revela las contradicciones internas del impulso religioso.

No obstante, en esta renuncia hay también un gesto de clarividencia: el ser-en-el-mundo no es una posición cómoda. Está atravesado por los lenguajes, las drogas, las fronteras, las clases sociales, las violencias, los placeres y las formas de la ruina. No hay pureza posible en la existencia encarnada, y toda tentativa de escapar hacia una moral bien entendida —como decían los místicos— solo conduce a la insustancialidad del alma. El problema, por tanto, no es la nada como experiencia límite, sino la nada como coartada para eludir la densidad trágica del mundo.

Motivo 4

Para comprender los procesos históricos y culturales que atraviesan la escritura y la subjetividad, se requiere una visión que trascienda la temporalidad común. Esta visión, sin embargo, no es un privilegio místico, sino un ejercicio intelectual que encuentra precedentes en la tradición filosófica de Oriente y Occidente. Desde los Upanishads hasta la lógica de Heráclito, el tiempo ha sido concebido como flujo, como fuego, como retorno. Pero la mirada ordinaria, habituada a las cronologías y al calendario de la productividad, no está entrenada para percibir la repetición como fenómeno fundante.

En esta visión más profunda —que podríamos llamar retención temporal en términos husserlianos— no hay un pasado que se aleje ni un futuro que se acerque, sino un movimiento circular que organiza la historia según su propia voluntad de poder. Este tiempo esencial no se deja atrapar por la cronología ni por la linealidad, y sin embargo, está presente en todo acto de escritura. El autor que no lo reconoce está condenado a repetir sin saber que repite.

Motivo 5

La novela en proceso, titulada El Grant, no es solo un ejercicio narrativo, sino una indagación ontopolítica sobre los efectos del tránsito del socialismo cubano al Estado del Bienestar estadounidense. El protagonista, un balsero que arriba a Estados Unidos y consigue una beca para promover la cultura en un enclave ficticio llamado Playa Albina, desaparece del escenario público al cabo de un año, dejando tras de sí un vacío que interpela tanto a la política como a la cultura. El narrador, con ironía y agudeza crítica, describe el proceso mediante el cual el exiliado se convierte en gestor cultural, y el sujeto revolucionario en consumidor de subsidios.

La novela opera así como una alegoría de la transfiguración identitaria, donde el homo ideologicus da paso al homo grantificus, criatura subsidiada del Estado neoliberal. Esta transformación no es gratuita, ni lineal: implica la reconfiguración de los deseos, las aspiraciones y las narrativas con las que el sujeto se narra a sí mismo y al mundo. A través de este relato, se desnuda el simulacro de la cultura como capital simbólico, sostenido por las burocracias del bien y por las industrias del trauma exiliado.

Motivo 6

Persistimos en las antiguas convenciones escriturales por una razón que rara vez se reconoce: el miedo a la irrelevancia. La escritura —como forma de disciplina, como régimen de saber y como sistema de transmisión— se gestó en los oscuros claustros monásticos del medievo europeo, bajo el dominio de una moral del recogimiento y la obediencia. Desde allí se difundió hacia la universidad, el estado moderno, la imprenta, las academias, hasta convertirse en una práctica más o menos democratizada en los talleres de escritura contemporáneos.

No obstante, esta genealogía del texto no ha sido suficientemente cuestionada. En cada página que se escribe, aún resuena la voz del abad, el castigo del novicio, la reglamentación del silencio. La didáctica autoritaria sigue rigiendo la manera en que escribimos y juzgamos lo escrito. El texto alemán Zerbrecht die Krücken («Rompan las muletas») no es solo una metáfora contra las ayudas ortopédicas, sino una invitación a desmontar las estructuras de dependencia simbólica que aún nos ligan al pasado. La escritura, para ser verdaderamente libre, debe romper no con la tradición, sino con su dogma.

La evolución de la escritura —de celda en celda, de claustro en claustro, hasta llegar a las plataformas digitales— no ha abolido su origen autoritario. Solo lo ha camuflado. Y es preciso recordarlo, si se quiere abrir el camino a otra manera de escribir, de enseñar y de vivir.

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