100 años de «Cristianismo Bizantino», de Hugo Ball

Por Cabeza-florero-blanco

Cristianismo bizantino: Tres vidas de santos («Byzantinisches Christentum. Drei Heiligenleben», Múnich, 1923) es un conjunto de tres biografías de santos orientales: Juan Clímaco, Dionisio Areopagita y Simeón el Estilita. Sin embargo, estos ensayos difieren considerablemente de las biografías y hagiografías convencionales, tanto antiguas como modernas; son, ante todo, una profunda meditación acerca de los variopintos y complejos sistemas teológicos que rivalizaban con férrea intelectualidad, luchando por imponerse en el ámbito de la Cristiandad.

Para Hugo Ball,

«Juan Clímaco es uno de esos astros raros que de tanto en tanto aparecen en el firmamento, derramando su luz para luego desvanecerse. Así como existen cometas que presagian la guerra, él es una estrella que acompaña a los grandes cataclismos […] El legislador de la ascesis aprecia más el entusiasmo dirigido hacia el interior que aquel que se despliega hacia el exterior; valora más el entusiasmo por la autodisciplina que el entusiasmo por la doctrina. Es al hablar de la celda, esa casa de tormento monacal, donde su discurso se anima. (de Juan Clímaco)»

«Para el gnóstico, Cristo es ante todo el maestro de los misterios, no el héroe de un destino. El destino debe ser superado. Cristo erradica la ignorancia imperante y no la sequedad del corazón. La salvación proviene del entendimiento, no de los sentimientos. Cristo es el salvador porque ha señalado el sendero hacia la santidad. Absorbe mágicamente toda la luz, pero no todo el sufrimiento; y luz y sufrimiento se oponen aquí. El sufrimiento es el triunfo de los demonios, el sufrimiento proviene de Satán. De esta manera, el gnosticismo es, en sus raíces, un sistema intelectual más cercano a la antigua filosofía que al cristianismo de la Iglesia.» (Dionisio Areopagita)

«Hemos olvidado el estilo oculto. Ya no vivimos en una sobreabundancia de lo extraordinario, ni lo vivimos con la humildad de aquellos tiempos heroicos. Ahora buscamos más mostrarlo que ocultarlo. Aquel Antonio, que personalmente recogió los gusanos que cayeron de la rodilla del estilita, no habló de omnipotencia.» (Simeón el Estilita)

«Donde se lucha, se reúnen los cuervos; donde se reza, se reúnen los dioses; donde Dios y Satán pelean, se levantan santos y taumaturgos. Antonio es el maestro de los magos y los santos. Dos de los más grandes Padres de la Iglesia son sus biógrafos, el santo Hilarión y Paphnutius, sus discípulos…» (Antonio el Egipcio)

Indudablemente, alejándome de las muchas voces que han disertado sobre esta obra trascendental, deseo abordar de forma sucinta un aspecto apenas rozado en las conversaciones en torno a este libro. Nos encontramos ante una creación que deja su huella después del efervescente periodo dadaísta, una ruptura audaz con las convenciones de la vanguardia artística. Sin embargo, permítanme centrarme en el retorno de Ball a las raíces de su antiguo catolicismo, un tema escasamente explorado pero de profunda relevancia.

Indudablemente, Hugo Ball no se erige como un teólogo ni como un historiador, sino como un artista imbuido de saberes filosóficos. Y es en esa condición que plasma su obra titulada Cristianismo bizantino. Lo hace con una prosa de encanto literario, que emana fantasía, sentencias apasionadas y una visión profética capaz de envolver al lector en un abrazo cautivador. En esta obra, conceptos y doctrinas que habíamos dado por muertos, se nos presentan con una fuerza descomunal, arrancados del olvido de los siglos.

Así fue como Hugo Ball, con maestría en su pluma, logró capturar la esencia de los movimientos atléticos, desde los gimnasios hasta los monasterios. En términos más amplios, llevó consigo una transferencia de las habilidades de una Antigüedad decadente hacia una naciente Edad Media. No obstante, evitó adentrarse en los detalles de las respectivas instituciones competentes, tanto antiguas como nuevas, ni tampoco hizo mención de los grupos de virtuosos antes y después de esta migración.

En su destacado trabajo, Hugo Ball resaltó el profundo significado del heroísmo espiritual de los monjes, el cual se erigía como un proyecto alternativo de orden superior, en marcado contraste con el heroísmo natural de los guerreros de la Antigüedad. Es innegable que, bajo la influencia del resentimiento, surgieron ciertas distorsiones en esta magnánima migración. En este sentido, Ball se opuso a Nietzsche, según aquel enunciado en el Anticristo, que deseaba naturalizar la ascesis.

Nietzsche encontraría su lugar en el regreso al heroísmo natural de la antigüedad de los atletas griegos, mientras que Ball dejaría su huella como escritor de un capítulo de la historia de la huida del tiempo en el siglo XX. Así, Ball rompió con la vanguardia artística, el dadaísmo, y se adentró en una vida monástica, pobre, en un remoto cantón de Suecia para anacoretas.

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